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Seguridad & Prevención

Vivimos en una sociedad violenta. Como lo señalan las estadísticas, los niños no son inmunes a los crecientes peligros de la vida moderna.

En algún momento durante su niñez, muchos jóvenes experimentan o son testigos de un delito u otro evento traumático. Algunos eventos son involuntarios, quizá un accidente de tránsito, una lesión en el hogar o en el patio de la escuela o un desastre natural, tal como un terremoto o un huracán. Otros son delitos cometidos u otros actos de violencia; parece como si los niños en todas partes no solo han visto peleas en áreas de juego de los vecindarios, sino también algunas veces asaltos, balaceras y hasta asesinatos y ataques terroristas. Durante la fase media de la niñez, muchos jóvenes se ven expuestos a violencia relacionada con pandillas y drogas, balaceras desde automóviles en marcha y agresiones físicas, que con frecuencia derivan en lesiones graves y ocasionalmente hasta en la muerte.

Luego existen docenas de crímenes y actos violentos en las pantallas de televisión y en los cines que los niños pueden ver cada semana. Esta violencia siempre presente en los medios de comunicación, junto con los actos brutales que pueden ver los niños y algunas veces experimentan personalmente, pueden tener muchas consecuencias adversas para ellos. Algunos jóvenes aprenden a resolver sus propios conflictos de manera violenta. Otros se vuelven aparentemente insensibles a la violencia, así como al dolor y al sufrimiento de los demás. Algunos se enconchan, con lo que evaden a las personas y al mundo a su alrededor.

Cuando su hijo es expuesto a un evento traumático real, incluido un crimen violento, su respuesta puede variar. Algunos jóvenes se vuelven temerosos. Es posible que eviten salir de casa y pueden tener dificultad para concentrarse en la escuela. Incluso los cambios más sencillos en sus rutinas diarias pueden molestarlos terriblemente. A menudo también tienen cambios en el apetito y es posible que se quejen de dolor de cabeza, dolor de estómago y otros síntomas vagos. Podrían presentar problemas para conciliar el sueño. 

El trastorno de estrés postraumático, una condición ampliamente discutida, puesto que aplica a los veteranos de la guerra de Vietnam, puede también ocurrir en la niñez. Tal como soldados que han experimentado la agitación de la batalla, los niños expuestos a violencia a menudo sienten “secuelas” emocionales y físicas durante meses o hasta años. Algunos de estos síntomas -desde miedo hasta trastornos físicos- ya se han descrito. Los niños a menudo vuelven a vivir el evento una y otra vez en sus mentes, con lo que frecuentemente se les hace más difícil funcionar normalmente en sus vidas cotidianas. Y su propio comportamiento puede volverse más agresivo, violento y hasta autodestructivo.

Si su propio hijo se encuentra en esta situación, considere cómo esto está afectándolo no solo a él, sino a toda la familia. ¿Están interactuando los miembros de su familia entre sí y con el mundo exterior de manera distinta? ¿Han cambiado sus rutinas y actividades?

Asegúrese de animar a su hijo a que converse sobre la violencia.  Permítale expresar lo que está sintiendo, se trate de miedo, ansiedad o ira. Conversen sobre ello, una y otra vez, de ser necesario. Recuerde que si él ha estado expuesto a o ha sido testigo de un suceso violento, necesitará mucho apoyo y, con frecuencia, terapia, con el fin de controlar sus sentimientos. Hay muchos profesionales experimentados en salud mental que pueden ayudar a tratar a su hijo por el estrés que siente luego de una experiencia violenta.

En las semanas y meses posteriores al episodio violento o traumático, haga todo lo que pueda para garantizar que su hijo se sienta seguro y que un sentido de normalidad regresa a su vida. Cerciórese de que esté bien supervisado y protegido durante todo el día y la noche. Converse con él sobre las situaciones potencialmente peligrosas que puedan existir y cómo evitarlas en el futuro. Anímelo a expresar sus temores y reafírmele que va a estar bien.  Explíquele los pasos que se han tomado para garantizar que esté protegido y seguro. Asimismo, involúcrese en su comunidad para abordar el problema de la violencia. Al unirse con otros padres, como también integrarse a escuelas, organizaciones comunitarias, empresas y agencias del orden público, usted puede ayudar a proporcionarle a su hijo un entorno más seguro y reducir el riesgo de violencia en las vidas de todos los niños, incluida la del suyo.

Finalmente, hay otro tipo de violencia que merece mencionarse acá; concretamente, el miedo a la guerra. Gracias a las vívidas dramatizaciones de la guerra en televisión, muchos chicos en la fase media de su niñez no solo se muestran ansiosos sobre la muerte y las lesiones relacionadas con la guerra, causadas a ellos y a sus familias, sino también temen una separación y el abandono. Si un padre o hermano mayor se marcha a la guerra, estos jóvenes podrían sentir miedo de ir a la escuela. O pueden tener pesadillas y trastornos del sueño.

En casos como este, reafírmele a su hijo que usted y su familia están seguros y que una guerra a miles de millas de distancia no va a afectar a su familia ni a su ciudad directamente. Es mucho más difícil, desde luego, convencer a su hijo de que las personas que él ve en televisión en la zona de guerra van a estar bien. Háblele acerca de la guerra, de lo triste que es y cuéntele que usted tiene la esperanza de que terminen los combates pronto y que salga herida la menor cantidad de personas posible. Recuérdele que en toda la historia han ocurrido guerras y que tanto la vida como el mundo seguirán su curso, a pesar de esta guerra en particular.

Algunas familias descubren que su hijo no solo no tiene miedo de la guerra sino que en efecto se preocupa de los asuntos militares y fantasea sobre marcharse a tierras lejanas y combatir a enemigos distantes.  Esto es una señal de identificación con los valores de la sociedad más extensa.  Si ocurre esto con su hijo y a usted le molesta, siéntese con él y hablen sobre las diferencias entre los mitos y las realidades de la guerra.

¿Qué sucede si su hijo es víctima de acoso?

Sea en el área de juego de la escuela o en el parque del vecindario, los chicos que atraviesan la fase media de su niñez algunas veces descubren que son el objetivo de acosadores. Cuando sucede eso, estos acosadores no solo pueden atemorizar a un jovencito, sacudir su confianza y arruinar su juego, sino también pueden causar lesiones físicas.

Evitar a un acosador es un motivo por el que un niño puede estar reacio a ir a la escuela. Quizá se siente obligado a entregar a su acosador el dinero de su almuerzo. O podría sentirse temeroso de sufrir daño físico. Si tiene sospechas de un problema como este, debe tomar medidas para garantizar la seguridad y el bienestar de su hijo. Estas son algunas estrategias que él puede adoptar con su ayuda y que serán útiles para hacerlo más seguro:

  • Dígale a su hijo que no reaccione al acoso, particularmente al ceder ante las exigencias. Un acosador disfruta de intimidar a los demás y no hay nada que le guste más que ver a su víctima llorar o ponerse visiblemente molesto de otras maneras. Obtener esa respuesta refuerza el comportamiento acosador. Su hijo debería tratar de guardar la compostura y simplemente alejarse.
  • Si los intentos de su hijo en ignorar las burlas del acosador resultan poco eficaces, debería ponerse firme hacia su acosador.  Mientras se para erguido y ve a su verdugo a los ojos, debería expresarle claramente y en voz alta algo como “Deja de hacer eso ahora. Si sigues, te voy a denunciar ante el director” o “Voy a hablar contigo, pero no voy a pelear. Así que baja los puños”. Algunas veces, una expresión fuerte calmará la situación y el acosador intentará encontrar a otro objetivo más débil. Captar la atención de los compañeros hacia la situación de acoso puede avergonzar al acosador. Si su hijo no está acostumbrado a reaccionar de manera asertiva, ayúdelo a ensayar lo que va a decir si se ve confrontado.
  • Anime a su hijo a formar lazos sólidos de amistad. Un joven que tiene amigos fieles es menos probable de servir de blanco de un acosador o, por lo menos, tiene algunos aliados, en caso de que se vuelva objeto de acoso.
  • Hable con el maestro o la maestra de su hijo o con el director de la escuela, en caso de que persista la situación con el acosador. Es posible que usted se rehúse a intervenir, quizá porque su niño se vaya a avergonzar de que lo hace, o porque cree que él necesita lidiar solo con estas situaciones. Por otro lado, usted no querrá que se debilite la confianza en sí mismo de su hijo o que se ponga en riesgo su bienestar. Su hijo merece asistir a la escuela en un entorno seguro, aún cuando esto signifique que se involucren tanto usted como el personal de la escuela.

Permita que el director o maestro hablen con el acosador cuando observen el comportamiento inapropiado en las instalaciones de la escuela. Esto constituye por lo general un enfoque más eficaz que tener usted que hablar con el niño o sus padres.

 

Última actualización
4/14/2014
Fuente
Caring for Your School-Age Child: Ages 5 to 12 (Copyright © 2004 American Academy of Pediatrics)
La información contenida en este sitio web no debe usarse como sustituto al consejo y cuidado médico de su pediatra. Puede haber muchas variaciones en el tratamiento que su pediatra podría recomendar basado en hechos y circunstancias individuales.

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